Creé la lengua de la boca que los hombres desviaron de su rol, haciéndola aprender a hablar… a ella, ella, la bella nadadora, desviada para siempre de su rol acuático y puramente acariciador
The Nada
Noche de luna llena
Noche blanca en que el agua cristalina
duerme queda en su lecho de laguna,
sobre la cual redonda llena luna
que ejército de estrellas encamina.
Vela, y se espeja una redonda encina
en el espejo sin rizada alguna;
noche blanca en que el agua hace de cuna
de la más alta y más honda doctrina.
Es un rasgón del cielo que abrazado
tiene en sus brazos la Naturaleza;
es un rasgón del cielo que ha posado
y en el silencio de la noche reza
la oración del amante resignado
sólo al amor, que es su única riqueza.
~Miguel de Unamuno
Hay un brillo verde en una botella antigua,
hay un agitarse rojo en la estufa tranquila.
Hay un sentimiento de frío en la nieve afuera,
¿qué tal un poco de vino adentro?
Brisa del este
Durante el día se margina entre cuatro palabras, pocas veces se sale del renglón. Duerme poco, y lee como si fuera lo único que vale su pena. La historia, como progreso, es la del silencio, que sopla la amargura de intentar matizar los blancos. Abre la ventana, respira el aroma de los tilos, de la primavera palpitando en su pecho. En su época florecían viajes y noches sin velos. Se lava la cara y se viste de traje. Cruza varias veces el sentido, el brillo del empedrado desgastado. En la puerta le dicen: es un soplo la vida y que aspire más deprisa. El vaivén de un lado a otro, de si todo importa nada y si nada importa todo lo había mareado. Sube al ómnibus y se baja en la rivera. Al pie del viejo puente desmoronado, corroído por las palabras que lo rozaron; se hizo fuerte. Y antes de que nada suceda, duda… es la última… primero un pie y luego se hace brisa.
No hay nada más desesperadamente aburrido que el temor constante a aburrirse, la obligación de hallar diversiones externas. Salvo un puñado de personas creativas —sobre todo científicos, artistas y gente humanitaria que convierte la compasión en tarea absorbente— al resto de la humanidad no le queda más remedio que fastidiar al prójimo, morirse de fastidio… o comprar algo.
Providencias Unidas del Río de la Plata
Río de plata, desde lo profundo, hasta la desembocadura.
Vienes por el líquido fundido de mis entrañas.
Discurre valle abajo el canto y el baile.
Tus cerros multicolores apuntan al norte,
y el desmonte de la pampa derramada
se nos conjuga en la boca.
Bien erguida la cima,
la patria se nos hace agua.
Copla
Cuando llega el carnaval
no almuerzo ni ceno nada
me mantengo con las coplas
me duermo con la tonada.
Ya es tarde vidita mía
ya está arribita la luna
carnaval viene al galope
y la chichita madura.
Soy lo mismo que el coyuyo
cada año salgo a cantar
domingo lunes y martes
tres días de carnaval.
Tengo mi pecho de coplas
que parece un avispero
se empujan unas a otras
por ver cuál sale primero.
Ya ha nacido el carnaval,
la caja es su corazón,
zumo de aloja es su sangre
y flor de albahaca su flor.
Carnaval diz que se va,
ya cumplió la temporada;
por fin dormirán las viejas
las malas noches pasadas.
Ya se acaba el carnaval,
ya lo llevan a enterrar.
Échenle poquita tierra
que se vuelva a levantar.
Zunilda Ceresole de Espinaco
Ceremonia recurrente
El animal totémico con sus uñas de luz,
los objetos que junta la oscuridad debajo de la cama,
el ritmo misterioso de tu respiración,
la sombra que tu sudor dibuja en el olfato, el día ya inminentemente.
Entonces me enderezo, todavía batido por las aguas del sueño,
Vuelvo de un continente a medias ciego
donde también estabas tú pero eras otra,
y cuando te consulto con la boca y los dedos, recorro el horizonte de tus flancos
(dulcemente te enojas, quieres seguir durmiendo, me dices bruto y tonto,
te debates riendo, no te dejas tomar pero ya es tarde, un fuego
de piel y de azabache, las figuras del sueño)
el animal totémico a los pies de la hoguera con sus uñas de luz y sus alas de almizcle.
Y después despertamos y es domingo y febrero.
El otro
La culpa de todo la tiene el ministro de Economía dijo uno.
¡No señor! dijo el ministro de Economía mientras buscaba un mango debajo del zócalo. La culpa de todo la tienen los evasores.
¡Mentiras! dijeron los evasores mientras cobraban el 50 por ciento en negro y el otro 50 por ciento también en negro. La culpa de todo la tienen los que nos quieren matar con tanto impuesto.
¡Falso! dijeron los de la DGI mientras preparaban un nuevo impuesto al estornudo. La culpa de todo la tiene la patria contratista; ellos se llevaron toda la guita.
¡Pero, por favor…! dijo un empresario de la patria contratista mientras cobraba peaje a la entrada de las escuelas públicas. La culpa de todo la tienen los de la patria financiera.
¡Calumnias! dijo un banquero mientras depositaba a su madre a siete días.
La culpa de todo la tienen los corruptos que no tienen moral.
¡Se equivoca! dijo un corrupto mientras vendía a cien dólares un libro que se llamaba “Haga su propio curro” pero que, en realidad, sólo contenía páginas en blanco. La culpa de todo la tiene la burocracia que hace aumentar el gasto público.
¡No es cierto! dijo un empleado público mientras con una mano se rascaba el pupo y con la otra el trasero. La culpa de todo la tienen los políticos que prometen una cosa para nosotros y hacen otra para ellos.
¡Eso es pura maldad! dijo un diputado mientras preguntaba dónde quedaba el edificio del Congreso. La culpa de todo la tienen los dueños de la tierra que no nos dejaron nada.
¡Patrañas! dijo un terrateniente mientras contaba hectáreas, vacas, ovejas, peones y recordaba antiguos viajes a Francia y añoraba el placer de tirar manteca al techo. La culpa de todo la tienen los comunistas.
¡Perversos! dijeron los del politburó local mientras bajaban línea para elaborar el duelo. La culpa de todo la tiene la guerrilla trotskista.
¡Verso! dijo un guerrillero mientras armaba un coche-bomba para salvar a la humanidad. La culpa de todo la tienen los fascistas.
¡Malvados! dijo un fascista mientras quemaba una parva de libros juntamente con el librero. La culpa de todo la tienen los judíos.
¡Racistas! dijo un sionista mientras miraba torcido a un coreano del Once.
La culpa de todo la tienen los curas que siempre se meten en lo que no les importa.
¡Blasfemia! dijo un obispo mientras fabricaba ojos de agujas como para que pasaran diez camellos al trote. La culpa de todo la tienen los científicos que creen en el Big Bang y no en Dios.
¡Error! dijo un científico mientras diseñaba una bomba capaz de matar más gente en menos tiempo con menos ruido y mucho más barata. La culpa de todo la tienen los padres que no educan a sus hijos.
¡Infamia! dijo un padre mientras trataba de recordar cuántos hijos tenía exactamente. La culpa de todo la tienen los ladrones que no nos dejan vivir.
¡Me ofenden! dijo un ladrón mientras arrebataba una cadenita a una jubilada y, de paso, la tiraba a ella debajo del tren. La culpa de todo la tienen los policías que tienen el gatillo fácil y la pizza abundante.
¡Minga! dijo un policía mientras primero tiraba y después preguntaba. La culpa de todo la tiene la Justicia que permite que los delincuentes entren por una puerta y salgan por la otra.
¡Desacato! dijo un juez mientras cosía pacientemente un expediente de más de quinientas fojas que luego, a la noche, volvería a descoser. La culpa de
todo la tienen los militares que siempre se creyeron los dueños de la verdad y los salvadores de la patria.
¡Negativo! dijo un coronel mientras ordenaba a su asistente que fuera preparando buen tiempo para el fin de semana. La culpa de todo la tienen los jóvenes de pelo largo.
¡Ustedes están del coco! dijo un joven mientras pedía explicaciones de por qué para ingresar a la facultad había que saber leer y escribir. La culpa de todo la tienen los ancianos por dejarnos el país que nos dejaron.
¡Embusteros! dijo un señor mayor mientras pregonaba que para volver a las viejas buenas épocas nada mejor que una buena guerra mundial. La culpa de todo la tienen los periodistas porque junto con la noticia aprovechan para contrabandear ideas y negocios propios.
¡Censura! dijo un periodista mientras, con los dedos cruzados, rezaba por la violación y el asesinato nuestro de cada día. La culpa de todo la tiene el imperialismo.
Thats not true! (¡Eso no es cierto!) dijo un imperialista mientras cargaba en su barco un trozo de territorio con su subsuelo, su espacio aéreo y su gente incluida. The ones to blame are the sepoy, that allowed us to take even the cat (la culpa la tienen los cipayos que nos permitieron llevarnos hasta el gato).
¡Infundios! dijo un cipayo mientras marcaba en un plano las provincias más rentables. La culpa de todo la tiene Magoya.
¡Ridículo! dijo Magoya acostumbrado a estas situaciones. La culpa de todo la tiene Montoto.
¡Cobardes! dijo Montoto que de esto también sabía un montón. La culpa de todo la tiene la gente como vos por escribir boludeces.
¡Paren la mano! dije yo mientras me protegía detrás de un buzón. Yo sé quién tiene la culpa de todo. La culpa de todo la tiene El Otro. ¡EL Otro siempre tiene la culpa!
¡Eso, eso! exclamaron todos a coro. El señor tiene razón: la culpa de todo la tiene El Otro.
Dicho lo cual, después de gritar un rato, romper algunas vidrieras y/o pagar alguna solicitada, y/o concurrir a algún programa de opinión en televisión (de
acuerdo con cada estilo), nos marchamos a nuestras casas por ser ya la hora de cenar y porque el culpable ya había sido descubierto.
Mientras nos íbamos no podíamos dejar de pensar: ¡Qué flor de h..de p.. resultó
ser El Otro…!
A mar
A Cesare Pavese lo conocí leyéndolo en la costa, en uno de esos innumerables viajes a cabo San Antonio, cuando pensaba que el horizonte se amplía por el solo hecho de sentir que la infinidad del silencio y la mera posibilidad de estar nos hacen parte de un proceso que debe evolucionar.
Volver, casi de noche de la playa, entre el hambre y sin saber en que gastar los quince días, que se iban consumiendo en cada amanecer, cómo el último cigarro que se reserva para el final, a veces nos encuentra durmiendo.
En una pequeña biblioteca del departamento, llena de arena, descubrí treinta y nueve cartas de truco grotescamente marcadas, caracoles varios, hilo, agujas, botones y algunas novelas perdidas en el rincón. «El oficio de vivir» estaba rodeado de varios libros de Corin Tellado y otro, casi de tan extraña concurrencia, era Asimov, que hablaba de la trascendencia y de la inteligencia en el universo. Abrí el Oficio y era un diario personal, lleno de incoherencias, pensamientos oscuros y algunos momentos de lucidez que me hacían leerle hasta el alba.
Algo, casi nada, que para algunos es mucho, depende de si estás bajo la sombra del faro, o por en cambio, uno bucea en su inmensidad y cree, sinceramente, que nunca ha visto tal profundidad. El problema es cómo abordarla, sin tragarse un ancla.
A la noche todo es menos voluble y cabe en una categoría a saber: si se puede o deja comer.
«Pupe fiape
côme rape
rape d’uva
d’una fômma patanuva.»
» on Enero 19, 2012 | 1 nota
Como la Literatura, el amor se vuelve texto en su condición de inasible. Distinto de la muerte, que no tiene otra posibilidad que sernos desconocida, el amor parece estar siempre ahí, es pura experiencia, pero justo cuando queremos dar cuenta de que lo conocemos y podemos escribirlo se nos revela como un espejismo efímero que volverá viejo nuestro texto y nos pedirá uno nuevo (como escritores, como lectores).
Mi tía concilia el sueño a los ochenta años
escuchando viejas canciones en su radio portátil.
En su pieza, en lo oscuro,
el éter se ha transformado en algo vital.
Supongo que estas cosas pasan
y me pasarán también a mí.
Sobre el final de la vida
la única música que existe
está fuera de nosotros.
Posé mis ojos en tus labios que temblaban sin sonido
más que el tren que te alejaba de este infierno una vez más.
No quise mirar más alto por temor a quedar ciego
sin poder más que llorarte sin poderme respirar
Fui como un barco a la deriva
no había consuelo
no había ni puerto, ni luz
que me guiara a tus besos.
Perdí la calma y el deseo y me hundí en un mar de ensueño
tuve sed de besos cortos por el cielo y me estrellé
yo fuí quien inició el fuego y derritió nuestras alas
ahora guardo las cenizas de lo que hubo alguna vez.
La cena triste
Justo bajo el emparrado, comida la cena.
Allí abajo hay agua, que corre mansa.
Callamos, escuchando y mirando el sonido
que hace el agua al pasar por el surco de luna.
Esta demora es la más dulce.
La compañera, que se demora,
parece que aún muerde ese racimo de uva,
tan viva tiene la boca; y el sabor perdura,
como el amarillo lunar, en el aire. Las miradas, en la sombra,
tienen la dulzura de la uva, pero los sólidos hombros
y las mejillas quemadas encierran todo el verano.
Han quedado uva y pan sobre la mesa blanca.
Las dos sillas se miran de frente desiertas.
Quién sabe qué cosas alumbra el surco de luna,
con esa luz, dulce, en los bosques remotos.
Puede suceder, antes del alba, que un soplo más frío
apague luna y vapores, y alguien aparezca.
Una débil luz mostraría la garganta
sobresaltada y las manos febriles cerrándose
vanamente sobre la comida. Se sobresalta el agua,
pero en la oscuridad. Ni la uva ni el pan se han movido.
Los sabores atormentan a la sombra famélica
que no llega ni siquiera a lamer, sobre el racimo,
el rocío que ya se condensa. Y, cada cosa goteando
bajo el alba, las sillas se miran solas.
A veces, a la orilla del agua un aroma,
como de uva, de mujer, se estanca sobre la hierba,
y la luna fluye en silencio. Aparece alguien,
pero atraviesa las plantas incorpóreo, y se queja
con el gemido ronco de quien no tiene voz,
y se tiende sobre la hierba y no encuentra la tierra:
sólo le tiembla la nariz. Hace frío, en el alba,
y apretar un cuerpo sería la vida.
Más difusa que el amarillo lunar, que tiene horror
de filtrarse en los bosques, es esta ansia inagotable
de contactos y sabores que macera a los muertos.
Otras veces, en el suelo, los atormenta la lluvia.
Cesare Pavese
